13 de abril de 2008

Los Girasoles Ciegos. A. Mendez



Los girasoles ciegos



Ficha de la obra




Vencidos victoriosos

Herme G.Donis



Casi todo resulta sorprendente en este libro que la editorial Anagrama publicó en enero de 2004. Su autor, Alberto Méndez, tenía 63 años cuando ve publicada esta primera obra y muere once meses después sin apenas saborear el éxito que tras su muerte tendría el libro. Durante los meses posteriores a su publicación, y a pesar de las buenas críticas que la novela recibe, las ventas de ésta se hacen casi de una forma clandestina. Algunos comentaristas de radio dan la voz de alerta sobre las cualidades de Los girasoles ciegos. Recomiendan su lectura con pasión y, a partir de ahí, el boca a boca termina por convertirlo en un libro de referencia obligada. Como consecuencia, las ventas comienzan a dispararse (baste decir que a fecha de hoy la editorial ya ha lanzado al mercado ocho ediciones (unos 28.000 ejemplares, según el editor) y el libro consigue primeramente, y en vida de su autor, el Premio Setenil de relatos y posteriormente (ya fallecido Alberto Méndez) los importantes Premios de la Crítica y Nacional de Narrativa. Pendiente quedó el Premio del Gremio de Libreros de Madrid, ya que éste sólo se concede a autores vivos. Pero lo más importante de todo es que Méndez ha contado con un favor que es el mejor de los premios para cualquier creador: la entrega incondicional de los lectores. Casi dos años después de su publicación, el libro aún se sigue recomendando en público y en privado y pocos dudan en saludarlo como una de las obras más importantes publicadas en los últimos tiempos.



¿Pero quién fue Alberto Méndez y qué es Los girasoles ciegos? Alberto Méndez Borra nació en Roma en 1941. Su padre, el poeta y traductor, José Méndez Herrera, trabajaba en aquel momento en la ciudad italiana para la FAO. Muchos lectores puede que recuerden a este último sobre todo como traductor habitual de la editorial Aguilar, para la que tradujo muchas obras de autores tan importantes como Irving, Stevenson, Eliot, Dikens, Chesterton, Bernard Shaw, Tennessee Williams, etc, llegando a conseguir en 1962 el Premio Nacional de Traducción por su versiones de las obras teatrales de Shakespeare. Alberto Méndez, hombre de izquierdas, (milita en el Partido Comunista hasta 1982) estuvo siempre vinculado, de una u otra manera, al mundo de la edición. En su lucha contra el franquismo crea, entre otras, la editorial política “Ciencia Nueva”que clausura Manuel Fraga Iribarne en su época de ministro de la dictadura franquista. Asimismo, llega a ser un alto ejecutivo de la editorial Montena y se dedica a labores de guionista (colaboró en programas dramáticos de RTVE y fue guionista con Pilar Miró) y traductor a veces en solitario y otras en compañía de su hermano Juan Antonio, como ocurre con el libro del marxista italiano Galvano della Volpe Lo verosímil fílmico y otros ensayos, del que el propio Méndez es prologuista.



Últimamente la narrativa se ve inundada de textos referentes a la Guerra Civil Española. Ante este auge son muchas las voces que se alzan bien para celebrarlo o para recordarnos que después de tantos años la palabra “reconciliación” sea aún tan difícil de aceptar. Pero libros como Los girasoles ciegos nos ofrecen unas lecturas fascinantes que, lejos de soliviantar sensibilidades, vienen a poner de manifiesto que es necesario conocer la historia para entender el presente y proyectar el futuro. Los girasoles ciegos es un libro de cuentos articulado a lo largo de cuatro historias- cuatro derrotas, dice el autor- que transcurren entre el período quizá más duro de la posguerra, que va desde 1936 a 1942, y que siendo totalmente independientes están hábilmente entrelazadas entre sí. Sus personajes son seres vencidos. Seres que se encuentran en un camino sin retorno recorriendo una senda de dolorosa entrega e ignorantes de en qué momento su ya maltrecha existencia dará de bruces contra el polvo.



El primer relato, o primera derrota, nos habla del capitán Alegría. Oficial del ejército fascista, Carlos Alegría se rinde a los republicanos cuando las tropas golpistas están entrando en Madrid. Postura que, lógicamente, no es entendida por ninguno de los dos bandos, pero que el oficial explica que toma, entre otras muchas razones aparentemente arbitrarias, porque sus correligionarios no querían ganar la guerra, sino matar al enemigo. Su entrega le acallará la mala conciencia de haber sido miembro de un ejército que, para vencer, ha tenido que cometer tantas atrocidades y crímenes Como dice Ramón Pedregal a propósito de una reseña sobre el libro: “El capitán Alegría es un Bartleby que cuestiona la norma de aquellos con los que vive y no puede abandonar su visión de lo que ocurre”.



La segunda derrota, quizá el relato más logrado y sobrecogedor de los cuatro, nos cuenta el breve periplo de un joven poeta que huye de los vencedores hacia las montañas asturianas en compañía de su mujer embarazada. En medio de la soledad y el frío la muchacha da a luz a un niño y muere tras el parto. A través de un diario íntimo, donde el adolescente deja escrito su miedo, se nos va poniendo en antecedentes de la vana lucha que emprende el joven padre para salvar la vida de su hijo.



El tercer relato, o tercera derrota, gira alrededor del soldado republicano Juan Serna. Cuando el presidente del tribunal que debe juzgarle y su mujer se enteran de que el soldado enemigo conoció y vio morir a su hijo (un ser abyecto que fue fusilado por sus múltiples delitos) le conminan a que hable y hable sobre ese hijo. Intentando arañar unos días más a la existencia, convierte al joven traidor en el héroe que quieren los padres. Mas la impostura pronto le asquea y cuenta la verdad. Verdad que indefectiblemente le llevará a la muerte.



La historia, o la cuarta derrota, que cierra el libro transcurre en la opresiva vida cotidiana del nuevo régimen. En ella se habla de Ricardo. Un “topo” al que toda la familia protege entre miedos y silencios. Desde el armario en el que vive encerrado contempla impotente y horrorizado el acoso libinidoso que sufre su mujer por parte de un diácono, profesor del hijo del matrimonio. El final es dramático y desolador.



Alberto Méndez nos ha dejado con su única obra no sólo un extraordinario ejemplo de composición literaria, sino -y a pesar, de la crudeza de todas las situaciones- una continua muestra de sensibilidad, que puede conmover a todo tipo de lectores. Sencilla, realista y a la vez cargada de simbolismos, Los girasoles ciegos es una obra sobre la memoria. Sobre una memoria colectiva que debe tener definitivamente su asentamiento en el lugar que le corresponde. Porque superar la tragedia de aquella España de represión, marchas militares y ruido de sables, exige, como se dice en la cita inicial de Carlos Piera, asumir, no pasar página o echar en el olvido.



Critica de la obra



El pais. Babelia. 15/10/05

Cuando un peculiar libro de cuentos, como es Los girasoles ciegos, contra todo pronóstico comercial razonable, gana el Premio de la Crítica, el Premio Nacional de Literatura, agota seis ediciones (unos quince mil ejemplares, según su editor), y consigue vender los derechos de traducción a Alemania, Francia, Italia y Serbia, es que algunas virtudes especiales debe tener. Y claro que las tiene: la emoción que produce su lectura y la indiscutible calidad literaria.



El caso es que en una sociedad en la que las novelas insustanciales ocupan tanto espacio mediático, hasta el punto de que apenas dejan sitio para los empeños literarios discretos, más honestos y ambiciosos, como el de Alberto Méndez, es un auténtico milagro que un jurado tan estrambótico como el reunido en el Ministerio de Cultura (hay entre sus miembros honrosas excepciones, claro está; en esto el actual Gobierno no ha logrado distinguirse del anterior) haya acertado plenamente. Lo que no significa que no hubiera otros libros merecedores de reconocimiento, como las novelas de Javier Marías y Luis Mateo Díez, e incluso las memorias de Carlos Castilla del Pino. Hay, por tanto, que alegrarse, y mucho, pues la decisión del año pasado, junto con la forma en que se compuso también entonces el jurado, habían dejado el prestigio del galardón bastante mermado.



¿Por qué tachaba antes Los girasoles ciegos de libro de cuentos peculiar? Pues porque de entre las diversas maneras en que puede organizarse un volumen de cuentos, el autor había optado por la que quizá fuera la más compleja, la que denominamos "ciclo de cuentos", una modalidad a la que también pertenecen, por mencionar un par de buenos ejemplos, Dublineses, de Joyce, y los Cuentos del Barrio del Refugio, de José María Merino. En estos libros de relatos, las piezas, aunque mantengan su valor independiente, aparecen asimismo trabadas, generando otra unidad de sentido distinta.



Pero también es éste un libro de narraciones sobre la Guerra Civil y sus consecuencias políticas y sociales, el último eslabón de una ya riquísima tradición literaria que ha tenido en Max Aub y Juan Eduardo Zúñiga, por sólo citar nombres indiscutibles, algunos de sus mejores cultivadores. Al leerlo por primera vez recordé una frase de Cervantes que le gustaba citar al autor de La gallina ciega: "Con ser vencidos llevan la victoria".



Si no recuerdo mal, el libro de Alberto Méndez apareció en la editorial Anagrama en febrero de 2004, cosechó numerosas y excelentes críticas (de Santos Sanz Villanueva, Ángel Basanta, Juan Antonio Masoliver, Antonio Garrido, Pilar Castro, Pedro M. Domene y Francisco Solano, entre otros), y obtuvo en diciembre el Premio Setenil, que gracias a la iniciativa y al excelente olfato literario de Manuel Moyano y Ramón Jiménez Madrid, se concede en Molina de Segura (Murcia) al mejor libro de cuentos del año.



Cuando el 10 de abril se falló el Premio de la Crítica, el libro continuaba en la primera edición, la segunda apareció unas semanas después y desde entonces no han dejado de sucederse de manera imparable. Lo recuerdo bien porque he observado en diversas ocasiones cómo Marta Ramoneda, de la librería La Central, de Barcelona, quien utilizó el libro de Méndez en el Taller de Lectura que coordina en el Raval, y un cliente habitual con pinta de profesor latoso, cantaban alborozados la aparición, una tras otra, de las sucesivas ediciones... Éste es, por tanto, el típico caso de un libro que funciona por el boca a boca, por la recomendación de los lectores, tras la llamada de atención que supuso el Premio de la Crítica.



ya se ha recordado hace poco en estas mismas páginas, su militancia en el partido comunista, y su vinculación con el mundo editorial, sobre todo a la prestigiosa editorial Ciencia Nueva. Lo que quizá sea menos conocido es que nació en Roma porque su padre, el poeta y traductor José Méndez Herrera, trabajaba para la FAO, aunque los lectores veteranos lo recordarán como traductor habitual de la editorial Aguilar, de autores tan importantes como Goldoni, Dickens, Stevenson, Chesterton y J. B. Priestley, entre otros. Así, en 1962, obtuvo el Premio Nacional de Traducción por su versión de las obras teatrales de Shakespeare.



Dos meses antes de morir, en un correo electrónico que le envió a un amigo, Alberto Méndez afirmaba: "Mi vida ha sido, y así pretendo que sea, una vida oscura y oscurecida por mi dedicación al trabajo y a la familia. El resto ha sido mi militancia política, la clandestinidad, y una obcecación tan fracasada como enfermiza por contribuir a la caída de la dictadura. Lo malo es que, además de no caer, me arrojó encima toda la excrecencia que dimanaba".



No menos interés tiene un breve texto que compuso con motivo de la concesión del Premio Setenil, titulado En torno al cuento. En él, además de señalar a Borges, Cortázar y Carver como sus cuentistas preferidos, apuntaba las virtudes y defectos del género. Así, señala que el cuento se caracteriza por su capacidad sintética y desarrollo vertiginoso, porque sólo utiliza los elementos esenciales de la narración: planteamiento sucinto, enredo esquemático, personajes paradigmáticos y desenlace sorpresivo. Cuando todo ello se logra, comenta, se consigue la dosificación y el equilibrio interno adecuado que convierten al cuento en un género absolutamente moderno.



rirme al libro, aunque ya haya sido suficientemente explicado y valorado. En Los girasoles ciegos se narran cuatro historias de horror y desolación, en las que se ahonda en las razones de la derrota, no en vano los subtítulos de los cuentos aluden a ella. Son relatos para activar la memoria, contra el olvido, y en defensa de la idea de que en una guerra entre hermanos, al fin y a la postre, todos son perdedores. Quizá por ello los personajes a los que se les proporciona voz, siempre seres anónimos, aparezcan desorientados, perdidos, como los "girasoles ciegos" del título, como el Hermano Salvador de la última pieza del conjunto. La cita inicial de Carlos Piera nos incita a asumir la historia, a no olvidarla, a cumplir con el correspondiente duelo que supone el reconocimiento público.



Éste es, por tanto, uno de esos pocos libros que puede satisfacer a todo tipo de lectores. Por un lado, es sencillo y profundo a la vez; realista, pero cargado de simbolismo. Por lo que no me parece arriesgado repetir la propuesta que hace ya varios meses les hice a los lectores de la revista Quimera, sin que mi economía haya sufrido hasta ahora merma alguna por ello. Estoy tan seguro de que van a disfrutar y a emocionarse con la lectura de estos cuentos que me comprometo a devolverles el dinero a todos aquellos que se sientan decepcionados con su lectura. Es una oferta sin riesgo alguno.

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13 de marzo de 2008

Viaje al fin de la noche, L.F.Celine

Viaje al fin de la noche, Celine.

Ficha de la obra:


Céline (apodo literario de LF Destourches, 1894-1961) es el arquetipo del escritor maldito y poco conocido fuera de su país, Francia. Fue lo que podríamos llamar un “pacifista antisemita”. Sirvió en el ejército durante la primera guerra mundial, viajó por Europa y África, estudió medicina tardíamente. Fue colaborador literario de la Francia ocupada por los nazis y tuvo que exiliarse en Alemania con los petanistas durante el ocaso del 3er Reich. Condenado en su país, se refugió en Dinamarca, donde asimismo se chupó un año de cárcel. Indultado en el 51, volvió a casa para acabar su obra en el ostracismo, e intentó, muy francés él, autojustificar su “martirio ideológico” en sus últimas novelas.

El autor fue creando a lo largo de su obra un universo tragicómico y esperpéntico delirante, en el estricto sentido de la palabra -a la vez mezcla de experiencias propias y ficticias, usando un estilo telegráfico (la llamada petite musique), rebosante de molestos puntos suspensivos que cortan el hilo del discurso lógico y obligan al lector a un ímprobo esfuerzo para enterarse de algo de lo que le están contando. Pero no se asusten, el “Viaje”es legible. Pero que muy legible, vaya si lo es.

Dejemos que hable del “Viaje” lo más granado de la crítica de su época (1932):

“Céline es el Marat de este tipo de novela que, adentrándose con una alucinación casi sádica en la realidad de la triste existencia cotidiana, descubre en ella un océano de estupros y de abominaciones” (Léon Daudet)

“…puede ser considerado como la descripción de los contactos que un hombre mantiene con su propia muerte, en algún modo presente en cada imagen de la miseria humana que aparece en el curso del relato” (Georges Bataille)

Interesante, verdad? En esta obra seguimos el rastro de Bardamu y su oscuro “amigo” Robinson, en dos partes diferenciadas:

La primera comienza con Bardamu (Céline) apuntándose al ejército y sigue con su experiencia de la Gran Guerra, en una visión apocalíptica y absurda sólo comparable a la de los “Poemas a Lu” de su coterráneo Apollinaire. A su invalidez tras recibir un obús (igualito que Guillermito), se nos va a Togo a trabajar en colonias. Agárrense si quieren emociones fuertes: blancos y negros degradados en la violencia y el canibalismo, a nivel tal que ni nuestro héroe lo resiste y casi se nos vuelve loco. Desgarrante descripción del mundo colonial. A su huida de África, esta vez Nueva York y América. Prostitutas y sueños inconclusos, crítica acérrima al capitalismo con la genial anécdota de la cola de la factoría Ford en Detroit: Bardamu es rechazado porque supo rellenar su ficha de inscripción. Y a Henri no le gustan los alfabetizados, son carne de sindicato.

La segunda cuenta la vuelta a Francia, sus estudios de medicina, y su consulta. Lo peor del alma humana sale a flote. Una escena, vivida a través del débil muro de cuasi-papel de la periferia parisina, de violencia infantil y coprofagia, puede desalentar al más machote. Aparecen los Henrouille, proponiendo con sus planes el asesinato de la vieja rica (guiño encubierto a “Crimen y castigo”, ¡pero qué diferencia en el desenlace!). El ataque frustrado acaba en la ceguera castigo -de Robinson. Y en la huida a Toulouse y su submundo hetario y macarra (de “maquereau”, arenque, pero también chuloputas). La vuelta a París es con un trabajo en el frenopático. Qué les voy a contar..seres castigados por el Señor, sexo sucio. El reencuentro de los personajes principales camino de una fiesta de reconciliación acaba como el Rosario de la Aurora. Bardamu sobrevive para poder continuar su historia.

En palabras de Bettina Knapp (una ilustre desconocida con una web con comentarios sobre el tremendo autor), Céline fue “un ser incapaz de comunicarse salvo a través de una visión innovadora, caótica, pesismista y antiheroica del sufrimiento humano. Sus personajes sienten el propio fracaso, con ansiedad, nihilismo e inercia”. Bueno, ahí queda su opinión. LPD lo ve como el final de una forma autobiográfica de entender la novela, la culminación de una gran tradición francesa que, comenzando por Chateaubriand (”Memorias de ultratumba”) va librándose de mentiras y barroquismo, depurándose en su autocrítica y estilo (”La educación sentimental”-Flaubert) hasta llegar a las realizaciones monumentales de Proust (”En busca del tiempo perdido”) y de nuestro querido Luis Fernando, un grandísimo hideputa. Y un punto final.

No se lo pierdan, vale la pena. Cinco estrellas.

Con la inestimable colaboración de http://perso.infonie.fr/garp01

CRITICA DE LA OBRA
Frederic Beigbeder
Último inventario antes de liquidación

Algunos libros son inexplicables: parecen salir de ninguna parte y, sin embargo, cuando uno los lee se pregunta cómo el mundo ha podido vivir sin ellos. El Viaje pertenece a esta familia poco numerosa: su evidencia trastorna la vida de todos sus lectores. Su lenguaje brutal transforma para siempre vuestro modo de hablar, escribir, leer, vivir. “Sólo la música es un mensaje que va directo al sistema nervioso. El resto es blablabá”. Nadie sale indemne. Siento envidia de aquellos que todavía no habéis leído este furioso fresco de miseria y carroña: vais a ser desvirgados mentalmente. Ya sabéis a lo que me refiero: la primera vez no siempre es agradable; pero luego uno le va tomando el gustillo.
Héroe y prófugo, Ferdinand Bardamu desciende de Ulises y es el antepasado de la Beat Generation, atraviesa la gerra del 14, el Congo, Nueva Cork, Detroit, París, Toulouse, ejerce como medico en periferia parisina, luego de director de una clínica psiquiátrica. En cierto modo, podría decirse que el Viaje al fin de la noche es la primera novela de la globalización. Con cincuenta años de anterioridad, Céline describe el estrechamiento del planeta, su uniformización. Vaya donde vaya, su antihéroe sólo encuentra hombres muertos o a punto de palmar, como Robinson en la fiesta de Batignolles. Vaya a donde vaya, una sociedad que sólo sirve para matar o volverse loco. Céline redacta la novela picaresca más sombría de la Historia: en comparación, Don Quijote es una excursión saludable. La proeza de Céline es que, escribiendo con tinta negra sobre un fondo negro, todavía consigue que lo leamos. “Escribí para hacerlos leíbles”, dijo más tarde. Los miles de imitadores que le siguieron, a menudo grandes talentos (Sartre, Camus, Millar, Aymé, Blondin, Boudard, San-Antonio, Bukowsky...) nunca consiguieron acercarse a la claridad de su negrura, a la amoralidad de su Apocalipsis, a la histeria de su pesadilla, al asco de su epopeya.
(...) La conclusión del Viaje al fin de la noche sigue plenamente vigente: intentamos sobrevivir en un pequeño planeta sin Dios que fabrica pobreza, guerras y fábricas. “Una inmensa, burla universal”. Y nadie sabe “porqué estamos aquí”.
Roger Nimier dijo una cosa muy bonita sobre Céline: “El Diablo y Dios se lo disputan”. Me parece que esta bronca tardará en terminar. Y ahora apagad la luz, quiero vagar por la noche..., tengo todo el tiempo del mundo para cruzar la desolación... “y la ciudad entera y el cielo, el campo y a nosotros, todo se llevaba, el Sena también, todo, y que no se hablara más de nada”

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30 de enero de 2008

El Extranjero, Albert Camus



El Extranjero, Albert Camus

Ficha de la obra


El Extranjero, de Albert Camus (1913-1960), es una novela a tener en cuenta no sólo por su calidad literaria, que es rebosante; sino por su profético estudio sobre el ser humano, sobre su advertencia de la creación progresiva de lo que podemos entender como “hombre del tercer milenio”, es decir, una persona apática, solitaria, resignada ante la vida, carente de emociones y de valores, hasta el punto de ser incapaz de distinguir el bien y el mal.
Estamos ante una obra existencialista, que plantea tantas cuestiones sobre la identidad y sobre la idiosincrasia del ser humano que es una poderosa fuente de reflexiones para el lector.
Narrada en primera persona, El Extranjero cuenta la historia de un oficinista afincado en Argel que comete un absurdo crimen sin motivación alguna. Lo más inquietante de esta novela es que, a pesar de estar relatada por el propio protagonista (que responde al nombre de Meursault), está inundada por un tono frío (más bien gélido), neutro, sin implicación social o emocional de ningún tipo. Bajo esta perspectiva de frialdad, Camus conduce al protagonista a una sensación constante de monotonía e indiferencia que salpica a sus circunstancias exteriores, hasta el punto de matar a un árabe “porque se lo han dicho”.
Los primeros indicios de esta extrema frialdad los encontramos cuando Meursault narra la noticia del fallecimiento de su propia madre. Se supone que debe estar estremecido ante uno de los eventos más importantes de su propia vida, pero lo acoge sin pesar alguno, mostrando simplemente cansancio ante la idea de que ha tenido que desplazarse a otra ciudad para asistir al entierro. No muestra amor por su progenitora, hasta el punto de que no sabe la edad que tenía al morir, ni qué día había fallecido realmente.
Asimismo, cuenta la relación con una compañera de trabajo por la que sólo siente deseos sexuales (esto es, los puramente fisiológicos), dándose cuenta de su vida transcurre de forma automática, él no es más que un autómata en una existencia vacía y carente de sentido y de futuro.
Todo es imparcialidad en Meursault, todo es “no sé” o “me da igual”. De hecho, puede elegir entre acompañar a su jefe a la inauguración de una nueva oficina o pasar el día con unos amigos en la playa, y literalmente, le da igual. Asimila sus acontecimientos con total indiferencia y sin el menor atisbo de preocupaciones. Es en ese día en la playa donde Meursault comete el asesinato con una sangre fría pasmosa.
Aquí acaba esta primera parte reveladora y nada esperanzadora para el futuro del protagonista, con el que el lector no empatiza en ningún momento, pero siente una extrema curiosidad por intentar descubrir los orígenes de un comportamiento tan alienado.
La segunda parte es menos lograda pero a su vez dotada de mayor interés, porque ayuda mucho más a conocer el mundo interior del protagonista. Se trata de su aprisionamiento y del juicio por su asesinato. El abogado de oficio busca como principal argumento que Meursault estaba confundido por la muerte de su madre, pero al declarar que no sintió dolor ni conmoción, tenía el juicio absolutamente perdido. En la prisión parece que su sensación de indiferencia se suaviza un poco y empieza a reflexionar de verdad, sobre el paso del tiempo y de la libertad, dándose cuenta de que no sólo le juzgan por el asesinato en sí, sino por cómo ha llevado su vida en general y en concreto por no haber sido un buen hijo.
El final del libro supone la imposición de la insensibilidad, del desamor y de la indiferencia. Una culminación auténticamente pesimista y desencantada, como advertencia de la nueva generación social que puede que no esté tan lejana, una nueva generación de seres alienados y distantes, vacíos y deshumanizados. Un alegato en contra de la degeneración humana, del despropósito de dar prioridad a otras cuestiones antes que la emocional y un canto en contra de la falta de valores. Por ello, se trata de una novela densa y riquísima en contenidos a pesar de su ajustada extensión, una reflexión imprescindible la que nos brinda Albert Camus para entender al ser humano. Una obra maestra a la que el paso del tiempo no merma, por su calidad literaria y porque llega hasta “adentro” del lector

CRITICA DE LA OBRA


Fréderic Beigbeder
Último inventario antes de liquidación.
Editorial Anagrama


Cuenta la historia de Meursault, un individuo desplazado al que todo le resbala: su madre muere (le resbala); mata a un árabe en una playa argelina (le da lo mismo); es condenado a muerte (ni siquiera se defiende). Las famosas primeras grases del libro ya lo dicen todo: “Hoy, mamá ha muerto. O tal vez ayer, no sé”. ¡El tío ni siquiera sabe el día que murió su madre!
Hay algo de lo que nunca nos damos cuenta: todos los grandes perdedores, los asesinos perdidos, los antihéroes que están a vuelta de todo de la literatura contemporánea son herederos de Meursault. Son Sísifos felices, rebeldes que no se dejan engañar fácilmente, nihilistas, optimistas, inocentes hastiados: en resumen, paradojas ambulantes que siguen respirando pese a la inutilidad de todo.
Y es que, para Albert Camus (1913-1960), la vida es absurda. ¿Por qué todo esto? ¿Para qué? ¿Por qué esta crónica inútil? ¿No tenéis nada mejor que hacer que leer este libro? Todo es vanidad en este bajo mundo (Camus es el Eclesiastés según un pied-noir). Esta taciturna lucidez no le impidió a Camus aceptar el Premio Nobel de Literatura en 1957 (a los cuarenta y cuatro años, lo que le convertía en el laureado más joven después de Kipling). ¿Por qué? ¿Y si “la inevitable felicidad” consistiera en eso? Contrariamente al rechazo esnob de Sartre, siete años más tarde, Albert Camus acepta el Nobel precisamente porque se burla de él. Uno puede burlarse del universo, y aceptarlo de todos modos, incluso amarlo. O eso o suicidarse sin más demora, ya que éste es el único “problema filosófico realmente serio”.
Incluso la muerte de Camus resultará absurda. Aunque tuberculoso, este playboy sosias de Humphrey Bogart fue asesinado a los cuarenta y siete años por uno de los plátanos que bordean la carretera Nacional 6, entre Villeblevin y Villeneuve-la-Guyard con la complicidad de Michel Gallimard y de un Facel Vega descapotable.
Lo único que no resulta absurdo es el estilo que inventó Camus: frases cortas (“sujeto, verbo, complemento directo, punto” escribió Malraux en su informe de lectura, al editor) esa escritura seca, neutra, de pretérito perfecto, que tanto ha influido a los autores de la segunda mitad del siglo, incluso en los del Noveau Roman. Lo cual no impide imágenes impactantes como, por ejemplo, la que describe las lágrimas y el sudor sobre el rostro de Pérez: “Gruesas lágrimas de nerviosismo y dolor corrían por sus mejillas, pero las arrugas las retenían, se estancaban, se reunían y formaban un barniz de agua en aquel rostro destruido”. Aunque se haya estudiado demasiado en la escuela, hay que releer el extranjero, cuya soleada desesperación permanece, como dicen los anuncios de la Suze, “siempre imitada, nunca igualada”.
El humanismo amable de Albert Camus puede llegar a cansar, pero nunca su afilada escritura.

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Bibliografía recomendada

Debido a vuestras peticiones de lectura, aquí os adjunto una lista de libros recomendados, que por algún motivo u otro, hemos hablado o comentado en clase. Además os animo a leer el primero de la lista y comentarlo en este blog. Espero que os parezca interesante la propuesta.


Bibliografía

El extranjero
Albert Camus

Viaje al fin de la noche
Lois Ferdinand Celine

Matadero 5
Kart Vonegut

Los girasoles ciegos
Alberto Mendez

La lluvia amarilla
Julio Llamazares

La conjura de los necios
J.K. O´Toole

La forja de un rebelde
Arturo Barea

El capitán Alatriste
Arturo Perez Reverte

El código Da Vinci
Dan Brown

La historia de Sailor y Lula
Barry Gifford

Ultimas tardes con Teresa
Juan Marsé

Libros de sangre
Clive Barker

Soy Leyenda
Richard Matheson

Crónicas marcianas
Ray Bradbury

Elric de Melnibone
Michael Moorcok

Momo
Michael Ende

La flaqueza del bolchevique
Lorenzo Silva

Cuentos
E.A. Poe

Ivanhoe
Walter Scott

Las cenizas de Angela
Frank Mccourt

El perfume
Patrick Schuskind

Cinco horas con Mario
Miguel Delibes

Lolita
Nabokov

Caballeros de Fortuna
Luis Landero

El sueño eterno
Raymond Chandler

Réquiem por un campesino español
R.J. Sender

De que hablamos cuando hablamos de amor
Raymond Carver

86 cuentos
Quim Monzó

La naranja mecánica
Alexander Burgess

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